Último día en la ciudad + Video: Berlín Nº5

Nuestro quinto día en Berlín fue sin duda el más tranquilo, habíamos visitado mucho los días anteriores y  nos apetecía ver lugares menos turísticos con más calma. Por no perder las costumbres, y consolándonos en eso de que el café aleman no es muy bueno desayunamos en el Starbucks.

El día estaba nublado y llovía de vez en cuando, por lo que elegimos un lugar cubierto. Este fue el Museo de Historia Natural de Berlín, habíamos leído buenas reseñas de él y no era muy caro (8 euros la entrada general y 5 la reducida). A pesar de no ser un lugar muy turístico, el museo estaba abarrotado de personas, (bueno más bien de niños en salida escolar). Una vez te acostumbras a sus correteos y a no pisar ninguno podrás observar los dos insólitos objetos que posee el museo.  El primero es un braquiosauro que tiene una altura de 12 metros y 23 metros de largo siendo así el esqueleto montado más alto del mundo. Aunque hemos de aclarar que sus huesos provienen de diferentes espécimenes. El otro objeto preciado es el espécimen de dinosaurio mejor preservado del mundo, un Archaeopteryx.

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En definitiva, os recomendamos este museo si vais a pasar varios días en Berlin, nos pareció muy interesante pero se nos hizo un poco corto.

Al salir a la calle nos encontramos otra vez con el mismo tiempo por lo que nos metimos a un Balzac Coffee, franquicia alemana muy extendida por la ciudad. Si sois como nosotros y los sitios con sofás y cafés (demasiado) azucarados os atraen, es una buena alternativa local. Un yogur y un caramel macchiatto más tarde, nos decidimos por salir y atrevernos, a pesar del cielo cubierto, a visitar el jardin botánico de Berlín.

Se encuentra un poco alejado del centro, unos 20 minutos en U-Bahn. El lugar en si vale la pena, pero su entorno también es precioso. El barrio Lichterfelde West es una de las colonias de chalets más antiguas de Berlín y aún hoy se conoce por sus edificios de la segunda mitad del siglo XIX y por sus grandes calles arboladas. Los residentes: sexagenarios y algún que otro diplomático.

Con esto de los jardines botánicos las cosas son muy aleatorias, algunos te hacen pagar bastante y son pocos extensos, otros todo

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Interior del invernadero

lo contrario. El Botanischer Garten nos salió gratis, suponemos que porque era invierno, pero de normal cuesta 6 euros la entrada general y 3 la reducida. Con sus 22.000 clases de plantas y  1700 m², es uno de los tres más importantes a nivel mundial. Los exteriores son muy extensos y agradables, al ser febrero nos perdimos bastante flora pero estábamos prácticamente solos. Lo más destacable del jardín es sin duda el invernadero, que se considera (también) el más grande del mundo contando con las especies mas extrañas y de mayor tamaño de árboles y plantas. Nos costó un buen rato recorrerlo por completo y no perdernos, personalmente fue uno de mis lugares preferidos de este viaje.

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El invernadero se encuentra al norte del jardín y no tiene ningún coste adicional.

Salimos del Botanischer Garten bastante tarde y nos dirigimos hacia Alexanderplatz para hacer algo que llevábamos días posponiendo: ver Berlín desde las alturas. Una de las maneras de hacer esto es, evidentemente, subirse a lo alto de la torre de la televisión. Sin embargo dos factores nos echaban para atrás, su precio (13 euros) y que la gracia de ver Berlín es verla con su correspondiente Fernsehturm. Por lo tanto decidimos subir al hotel Park Inn situado en la misma plaza y siendo el edificio más alto de Berlín. Es cierto que el hotel se ha montado todo un negocio con sus vistas, cuesta cinco euros acceder a una cutre terraza panorámica en lo alto del hotel, pero las vistas son simplemente maravillosas.

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Después de una despedida en condiciones de Berlín y unas cuantas fotos también quisimos despedirnos de su maravillosa oferta de comida vegetariana volviendo al Soy, restaurante que probamos el primer día.

Considero que la ciudad de Berlín entra menos por los ojos que otras, sobre todo si se os cruza el mal tiempo. El primer día me sentí decepcionada, esperaba otra cosa y por ahora solo había visto un amontonamiento de edificios antiguos, otros más modernos y obras. Los días siguientes algunas cosas se confirmaron, la avenida Unter den Linden no me dijo nada, y la puerta de Brandenburgo no es tan impresionante. No obstante, me fueron gustando sus cosas más cotidianas: una salón de té escondido en el patio de un edificio, un día laboral en el barrio de Kreuzberg, un estilo de vida y un arquitectura moderna alrededor de una iglesia destruida.. No es un ciudad “espectacular” como puede parecerlo París, o como nos dijo nuestra guía, como Potsdam que “completa a Berlín”, tampoco es una ciudad en la que me quedaría a vivir, pero si es una ciudad en la que pasaría un tiempo, porque a lo largo del viaje me he ido dando cuenta de que lo que te hace enamorarte de ella no es verla sino vivirla.

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